Submarino a la fuga

En esta imagen, tomada por el fotógrafo de Las Palmas Eleuterio López en marzo de 1917, destaca a primera vista un buque de guerra de los de antes. Se trata del crucero Cataluña, un acorazado construido en el arsenal de Cartagena que fue botado en 1900 y prestó servicio en la Armada española hasta 1928. Nueve meses antes de tomarse esta foto, y en el contexto de la Primera Guerra Mundial, en la que España era oficialmente neutral, este barco se hizo famoso porque el mortífero sumergible alemán SM U-35 se arrimó a él en el puerto de Cartagena para entregar una carta autógrafa del káiser Guillermo II para el rey Alfonso XIII.

Si nos fijamos bien, veremos que en esta imagen también asoma un submarino abarloado a estribor del Cataluña. No es el temible leviatán alemán, sino nada menos que el Isaac Peral A-0, el primer submarino de la flota militar española, que hacía escala en el Puerto de La Luz en su primer viaje, apresurado y difícil, para incorporarse al servicio.

El Isaac Peral fue, en efecto, el primer submarino de la Armada española, y por eso se le puso el nombre del inventor de tales artefactos. Peral había construido el primer prototipo de submarino eléctrico –que ya incluía un lanzatorpedos– en 1888, pero no se le permitió desarrollar el invento y fue objeto de una inexplicable campaña de desprestigio. Sin embargo, otras potencias militares perfeccionaron la idea, y en la Gran Guerra los barquitos margullables demostraron tal eficacia bélica que España acabó interesándose, ahora sí, por lo que antes había rechazado, y quiso, para colmo, tratar la memoria del inventor con el respeto que antes se le había negado. Por eso encargó a los astilleros norteamericanos Fore River and Company (Quincy, Massachussetts), especialistas en estas naves, la construcción de esta nueva máquina de guerra.

A comienzos de 1917 el A-0 ya podía navegar, y pudo, de hecho, llegar sin problemas al puerto de Nueva York, pero aún no estaba completamente listo ser entregado a España. El problema es que por entonces empezaba a quedar claro que los EE.UU. acabarían metiendo baza en la Gran Guerra, por lo que las autoridades españolas temieron que el gobierno yanki confiscara el flamante sumergible para la U.S. Navy antes de entregárselo a sus legítimos propietarios (quienes, por cierto, habían pagado por él más de tres millones de pesetas). La solución para evitar esta eventualidad fue traerse a casa el submarino deprisa y corriendo, escapando del puerto de forma subrepticia y con la escolta del trasatlántico Claudio López, que viajaba sin pasaje pero abarrotado de carga. La prisa fue tanta que el práctico del puerto de Nueva York que dirigió la maniobra de salida no pudo volver a tierra y tuvo que hacer un inesperado viaje a Cádiz a bordo del trasatlántico.

El Isaac Peral, con su comandante Fernando Carranza, otros treinta y cuatro tripulantes y al menos un técnico y un maquinista de la Fore River, llevaba provisiones para cinco días en sus modernas neveras eléctricas, pero el viaje hasta Gran Canaria casi triplicó ese tiempo. Un temporal y varios fallos técnicos –incluyendo una importante pérdida de combustible– retrasaron la navegación, y el Claudio López se vio obligado a remolcarlo en varias ocasiones. Finalmente, el 12 de marzo logró llegar a la isla y se puso bajo la protección del Cataluña, que sirvió entonces de escenario para los numerosos agasajos que las autoridades isleñas ofrendaron a los recién llegados. Miles de ciudadanos, mientras tanto, se agolpaban en el puerto para observar el prodigioso «cetáceo metálico», como lo llamó la prensa, conscientes de estar siendo testigos de un acontecimiento histórico: casi treinta años después del prototipo de Isaac Peral, España ya tenía, por fin, su primer submarino. Ya podíamos hacer la guerra como un país moderno.

Share This