Las medallas de René Verneau

A primera vista resulta fácil simpatizar con este anciano de la foto, que no reprime un gesto de orgullo infantil por las condecoraciones que le lastran la pechera. Se trata del antropólogo francés René Pierre Verneau (1852-1938), uno de los primeros y más activos investigadores sobre la población prehispánica de Canarias.

Para El Museo Canario, Verneau fue un activo insustituible por sus continuas donaciones arqueológicas y documentales, por sus trabajos de clasificación de colecciones y por la difusión que hizo por Europa de la arqueología canaria y del papel de esta Sociedad Científica. Por eso la institución, en 1926, lo nombró director honorario, y en 1932 rotuló con su nombre las salas de Antropología y Etnografía. Él, tal vez abrumado por el honor, fue quien propuso dar los nombres de otros socios destacados al resto de las salas.

Otra forma que encontró El Museo Canario de ofrecer honores a René Verneau fue pedir para él la Gran Cruz de la Orden Civil de Alfonso XII, idea que surgió en 1926 pero cuyas gestiones ante el Gobierno de Primo de Rivera no empezaron hasta marzo de 1929. La solicitud solo fue aceptada a medias, ya que en febrero de 1930 se le concedió el título de comendador de número, un grado algo más bajo que el de la gran cruz. Y aunque el decreto de creación de la orden establecía la gratuidad del título «salvo los derechos de papel y timbre», fue El Museo Canario el que encargó a Madrid la insignia correspondiente, costeándola mediante un crowdfunding (o como se diga) entre los socios. Estos se las apañaron para que fuera el embajador en Francia quien le impusiera la distinción, dando algo de pompa al honor descafeinado.

La placa de esta encomienda es la que el doctor Verneau luce en la chaqueta, parcialmente oculta tras la solapa derecha. Muestra un águila volando entre una pluma y una rama de laurel; sobre ella destacan el rótulo «A XII» y la corona real, y por debajo el lema «Altiora peto» (‘Aspiro a lo más alto’) y el escudo de España.

Parece que los socios no quedaron del todo satisfechos con el galardón, ya fuera por considerar la encomienda un honor insuficiente o por haber tenido que pagar la medalla, de modo que en 1932 la Junta Directiva, aprovechando el feliz cambio de régimen político, pidió al nuevo gobierno democrático que le concediera la Gran Cruz de Isabel la Católica. El ejecutivo tampoco cumplió esta vez la expectativa, y en lugar de la gran cruz solicitada lo nombró comendador de la recién creada Orden Civil de la República, quizás menos prestigiosa pero sin duda más digna. La insignia correspondiente es la que Verneau luce en la foto pendiendo de una cinta en el cuello, con una placa que personaliza la República como una mujer con casco penachado entre ramas de laurel. Sobre la placa, una corona mural. De nuevo fue el embajador en París quien le entregó la encomienda en 1934, pero ahora sin coste económico.

Del resto de medallas de la foto distinguimos solo dos: en el lado derecho del pecho, una curiosa condecoración vietnamita de la Orden del Dragón de Annam, símbolo de la Francia colonial; y centrada en la parte más baja del batiburrillo pectoral, la prestigiosa Legión de Honor de la República Francesa.

Verneau, con 83 años,  posó así para Teodoro Maisch en su último viaje a Gran Canaria, entre abril y julio de 1935, en una sesión de la que El Museo Canario conserva cinco negativos de cristal. El sabio había traído a la isla todas sus condecoraciones para agradecer a los socios los honores recibidos. No sabemos si la compañía con la que viajó le cobró por el sobrepeso de la maleta.

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