PIEZAS DESTACADAS
Biografía de un cráneo de El Julan
Desde finales del siglo XIX hasta bien avanzado el siglo XX, siguiendo unos erróneos postulados de fuerte carga racista, los antropólogos estudiaron los huesos humanos, especialmente los cráneos, para deducir los orígenes y la evolución cultural de las poblaciones. Esto dio lugar en Canarias a una recogida indiscriminada de cráneos que pasaron a formar parte de los fondos de museos dentro y fuera de las islas, obviando casi todos los datos arqueológicos que pudieran contextualizar los hallazgos. Sin embargo, en la década de 1970 los restos bioantropológicos empezaron a ser estudiados bajo postulados científicos, y estos vestigios forman ahora parte de investigaciones sobre poblamiento, demografía, dieta, actividad física y otras muchas cuestiones atendiendo a la salud dental, isótopos estables, ADN, datación, y un largo etcétera.
Algunas piezas conservadas en El Museo Canario han transitado por esos distintos caminos de la investigación. Es el caso del cráneo 1879, que fue recuperado en El Julan (El Hierro) en el ambiente de la antropología física racial y donado a este centro por Manuel Hernández Quintero antes de 1937. Más tarde formó parte de los estudios paleopatológicos de Juan Bosch Millares en 1975, y el equipo de Matilde Arnay estudió su exóstosis auditiva en 2001. Finalmente, hoy forma parte del proyecto Seviocan, centrado en el análisis biocultural de la violencia física en las sociedades indígenas del archipiélago.
El cráneo podría corresponder a una mujer adolescente que no superaría los 16 años, sin poder precisarse mejor por faltar el maxilar, la mandíbula y el esqueleto poscraneal. Presenta un traumatismo contuso, deprimido, en la región superior izquierda del hueso frontal, con una línea de fractura por el parietal izquierdo. El traumatismo, que muestra signos de cicatrización, parece producido por un encuentro violento cara a cara contra una persona diestra que se produjo, según la datación por radiocarbono, entre 1025 y 1159 d. C.
El proyecto Seviocan ha detectado un alto porcentaje de individuos de El Hierro con traumatismos craneales con signos de recuperación, y algunas lesiones más severas causaron la muerte. Hay diferencias en cuanto a la localización de las fracturas entre hombres y mujeres, siendo más frecuentes en los hombres. Además, en ellos destaca un alto porcentaje con más de una lesión craneal. La violencia, pues, sería un elemento presente en la construcción de las identidades de género.
Ya en Norteamérica las organizaciones moralistas consideraron escandalosa la sensualidad y la perversión del personaje principal, que mantiene un tortuoso triángulo amoroso con Johnny Farrell (Glenn Ford) y Ballin Mundson (George Macready). Junto a los elementos definitorios del género, el argumento refleja sentimientos enfrentados centrados en el personaje de Gilda, la ineludible «mujer fatal» del cine negro, cuya compleja relación con sus coprotagonistas avivó una polémica que sirvió para alentar al público a acudir en masa a los cines.
La crítica moral se replicaba allá donde se estrenaba. En Barcelona, por ejemplo, la Iglesia quiso eliminar escenas, y en Málaga hubo disturbios la víspera del estreno y fue prohibida temporalmente. Aun así, Gilda nunca fue prohibida oficialmente y solo fue objeto de pequeños cortes que no afectaron a las escenas más polémicas.
En Gran Canaria, las carteleras presentando a Gilda como «fascinadora», la prensa local hablando del «acontecimiento sensacional» y las seductoras fotografías promocionales, pusieron en guardia a la censura y a los vigilantes del honor y los valores morales. El obispo canariense, Antonio Pildáin, la consideró «gravemente escandalosa», y en las portadas de la prensa local amenazaba a empresarios cinematográficos y espectadores con tener que rendir cuentas «…de su conducta ante el Tribunal de Dios». El obispo nivariense, Domingo Pérez Cáceres, lo secundó ante el estreno en el cine La Paz de Santa Cruz de Tenerife. El Estado también reaccionó asignándole un rotundo «No apta» en su sistema de evaluación, y así figuró en todas las carteleras al presentarse en Canarias.
Nada de esto disuadió al público canario de acudir en masa a ver el célebre número musical en que Gilda se desprende del guante negro cantando Put the blame on Mame, y de paso conseguir uno de aquellos sugerentes retratos que se repartían en cada sesión. Las dos semanas en cartelera manifiestan el enorme éxito que cosechó.

