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Gilda en Canarias: moralidad y censura
En Canarias, las primeras proyecciones de cine datan de 1898, y hacia 1920 ya se había convertido en la actividad de ocio más popular del archipiélago, como ocurrió en otros lugares. Con el éxito del nuevo espectáculo nacieron las primeras iniciativas para controlar la difusión, pues los gobiernos y algunos sectores sociales temieron su influencia sobre la población. España dictó en la década de 1910 las primeras normas para que los personajes reprobables y sus conductas delictivas no afectaran negativamente a los menores, y más tarde la vigilancia fue extendiéndose a otros segmentos de población sustentándose en la defensa de los valores morales católicos, sobre todo desde el advenimiento del franquismo.
Este control social puede ejemplificarse en las consecuencias que tuvo en Canarias el estreno de la película Gilda, de Charles Vidor, de la que El Museo Canario conserva fotografías promocionales que se entregaban al público en los cines. La estampa de Rita Hayworth vestida de satén negro –diseño de Jean Louis– y con una dedicatoria al dorso firmada por su personaje, ilustra los mecanismos de vigilancia cinematográfica en la inmediata posguerra.
El Cine Cuyás de Las Palmas de Gran Canaria proyectó Gilda el 30 de diciembre de 1947, días después que en Madrid, aunque se había estrenado en los EE. UU. en marzo de 1946
Ya en Norteamérica las organizaciones moralistas consideraron escandalosa la sensualidad y la perversión del personaje principal, que mantiene un tortuoso triángulo amoroso con Johnny Farrell (Glenn Ford) y Ballin Mundson (George Macready). Junto a los elementos definitorios del género, el argumento refleja sentimientos enfrentados centrados en el personaje de Gilda, la ineludible «mujer fatal» del cine negro, cuya compleja relación con sus coprotagonistas avivó una polémica que sirvió para alentar al público a acudir en masa a los cines.
La crítica moral se replicaba allá donde se estrenaba. En Barcelona, por ejemplo, la Iglesia quiso eliminar escenas, y en Málaga hubo disturbios la víspera del estreno y fue prohibida temporalmente. Aun así, Gilda nunca fue prohibida oficialmente y solo fue objeto de pequeños cortes que no afectaron a las escenas más polémicas.
En Gran Canaria, las carteleras presentando a Gilda como «fascinadora», la prensa local hablando del «acontecimiento sensacional» y las seductoras fotografías promocionales, pusieron en guardia a la censura y a los vigilantes del honor y los valores morales. El obispo canariense, Antonio Pildáin, la consideró «gravemente escandalosa», y en las portadas de la prensa local amenazaba a empresarios cinematográficos y espectadores con tener que rendir cuentas «…de su conducta ante el Tribunal de Dios». El obispo nivariense, Domingo Pérez Cáceres, lo secundó ante el estreno en el cine La Paz de Santa Cruz de Tenerife. El Estado también reaccionó asignándole un rotundo «No apta» en su sistema de evaluación, y así figuró en todas las carteleras al presentarse en Canarias.
Nada de esto disuadió al público canario de acudir en masa a ver el célebre número musical en que Gilda se desprende del guante negro cantando Put the blame on Mame, y de paso conseguir uno de aquellos sugerentes retratos que se repartían en cada sesión. Las dos semanas en cartelera manifiestan el enorme éxito que cosechó.


