MOMENTOS
Tablas y tablones en la CICER
Pedimos disculpas a quien esperase encontrar aquí la alegre imagen de los atléticos surferos que abarrotan cada día (no digamos los fines de semana) la playa de la Cícer. Es sabido que esta playa de la capital grancanaria debe su nombre a una antigua planta generadora de electricidad que estuvo instalada en su orilla. La central eléctrica, que se llamaba Alfonso XIII en honor del rey que había alentado el golpe militar de Primo de Rivera y respaldaba su dictadura, pertenecía a una empresa llamada Compañía Insular Colonial de Electricidad y Riegos, conocida por el acrónimo CICER. La imagen, menos lúdica que las de las tablas de surf, corresponde a las obras de instalación de aquella central eléctrica, y pertenece a una serie que hizo el fotógrafo Teodoro Maisch para documentar la construcción y el equipamiento de la planta. De aquella serie, El Museo Canario conserva más de 160 placas de vidrio de gelatina seca, entre las cuales hemos elegido esta por estar llena de tablas, aunque se trate en este caso de las maderas con las que trabajaba el gran equipo de carpinteros que participo en aquellas faraónicas obras.
La CICER se constituyó en 1926 con el doble objetivo de explotar centrales eléctricas en Canarias y Guinea y abastecer de agua de regadío las plantaciones de estos lugares. Sus inversores eran nobles y potentados españoles, pero contaban además con capital alemán, por lo que su dirección fue asignada a Gustav Winter, un ingeniero llegado de Alemania que acabaría instalándose en Fuerteventura y haciéndose famoso por las leyendas urbanas generadas en torno a su casa de Jandía, presunto nodo de tramas hitlerianas e improbable base de aprovisionamiento de submarinos del III Reich.
En cualquier caso, las obras de construcción de la central Alfonso XIII comenzaron en 1927 en el tramo más meridional de Las Canteras, a treinta y cinco metros de la orilla y en unos terrenos comprados por la CICER a Pino Apolinario Placeres, una rica propietaria que fue muy popular por la generosidad que mostró con los intereses de la ciudadanía. El aislamiento del terreno, aún sin urbanizar, garantizaba que la pesada maquinaria que habría de funcionar allí no molestaría a la población con su estridencia, y la cercanía de la playa era ideal para aprovechar el agua como refrigerante natural de las turbinas.
Las obras de construcción estuvieron en marcha durante quince meses, desde el verano de 1927 hasta octubre de 1928, cuando el propio Miguel Primo de Rivera inauguró por fin las instalaciones. No era, sin embargo, la primera planta eléctrica con que contaba la ciudad, pues ya desde 1899 venía funcionando la central de la Sociedad de Electricidad de Las Palmas, promovida por Eusebio Navarro en el entorno de la plaza de la Feria. No tardarían mucho en fusionarse ambas empresas para dar lugar a UNELCO (Unión Eléctrica de Canarias).
En cuanto a las obras de construcción en lo que hoy es la playa de la Cícer, las imágenes de Teodoro Maisch atestiguan el enorme contingente humano que fue necesario poner a trabajar. En la foto que aquí se muestra aparece casi una veintena de hombres en labores de instalación del revestimiento interior de madera, pero en otras tomas de la serie vemos albañiles, encofradores, herreros, transportistas, mecánicos y un sinfín de profesionales más. Una muestra más de que el progreso no es posible sin el sudor de los obreros.
